Era el verano de 2002. Las tardes se me iban entre libros, café en el balcón de mi madre y una insana obsesión por la serie de televisión ER. Era yo un partidazo: 25 años, separado de mi entonces esposa, con colesterol de 500, desempleado, estudiando la prepa abierta y viviendo en casa de mi mamá.
Cuando me separé, a principios de ese año, lo hice convencido de que no me podía dar el lujo, nunca jamás, de hacerle daño a las personas como, sabía o creía, se lo había hecho a esa familia que me acogió en su seno, sin pedir nada a cambio.
Seis meses después, mi único objetivo era regresar al DF para estudiar una carrera que me llevara lejos, lejos de México a una maestría o un doctorado.
Pero mientras eso sucedía, insisto, leía con desgano los libros de texto de la SEP que me ayudarían a terminar un bachillerato que, para entonces, era más un grillete que un peldaño académico.
Uno de esos sábados, de regreso de algún lugar con mi madre, me dispuse a hojear la revista Milenio Semanal que había comprado por la mañana. La noche había caido, Andrea dormía en la habitación de al lado y yo prendía el primer cigarrillo de lo que, esperaba, sería una larga noche en compañía de las letras.
En la portada de aquella revista aparecía una mujer. Una completamente desconocida para mi que hablaba con desparpajo del partido que encabezaba y que buscaba el registro como una opción feminista para el electorado. "¡Qué huevotes!", pensé para mi.
Largas y aburridas habían sido las discusiones que habíamos sotenido Mary y yo respecto al feminismo. Para mi siempre ha sido una cosa más bien práctica, antes que conceptual. Los y las feministas no se crean. No se enseña a nadie a ser feminista leyendo a Rosa Luxemburgo, Simone de Bouveair o las columnas de Marta Lamas y bla bla bla.
Por eso, me pareció extraordinario que, así nomás, alguien se pusiera hablar de llevar el feminismo a la práctica, de insertarlo en la agenda legislativa del país, de trotskismo y de un partido nuevo de izquierda moderna, incluyente que le hiciera ojitos a quienes veíamos en el PRD de AMLO un priismo nacionalista y echeverrista trasnochado.
Entonces pensé: "me gustaría trabajar en este partido".
Seis meses después, con mi certificado de Preparatoria bajo el brazo, diez kilos menos, el colesterol en niveles decentes y un ánimo "adolescentil", regresé a la Ciudad de México dispuesto a conquistar la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México y a, claro, conseguir un trabajo decente.
Un mueblero, amigo de mi familia desde hacía 20 años, me dio la primer oportunidad en febrero del 2003. No sería la última.
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martes, 20 de noviembre de 2007
lunes, 15 de octubre de 2007
La Guerra
Era de noche cuando iniciaba nuestra jornada. Un baño rápido, una taza de café y al coche. Si lográbamos abandonar los límites de Ecatepec antes de las seis de la mañana, nos esperaba un viaje de apenas una hora. Si salíamos más tarde, demorábamos hasta dos horas y media en cruzar la Ciudad de México para llegar al clasemediero barrio de la Campestre Churubusco en Coyoacán, donde se ubicaba la casa de campaña.Cuando llegábamos, la actividad parecía no haberse detenido jamás. Brigadistas iban y venían. Los jefes daban órdenes y la candidata, casi siempre, regresaba de su primer recorrido, el que había empezado en la madrugada en las lecherías, para recolectar los votos de aquel bizarro, competido y alocado 1994.
Rosario Guerra Díaz es la primer mujer política a la que admiré. No ha sido la última. Pero si aquella con la que medí a todas las demás. Perteneció a una generación de políticos que querían cambiar el sistema desde las entrañas mismas del priismo y estaban decididos a conseguirlo.
Mujer del poder, aún recuerdo las fotografías en las que aparecía platicando con Manuel Camacho Solís y Luis Donaldo Colosio, en los tiempos felices de ese salinismo que moriría de un balazo en Lomas Taurinas, Tijuana.
Con su primer candidato asesinado, al presidente del fraude, Carlos Salinas de Gortari, no le quedó de otra que dejarle la estafeta presidencial al más tecnócrata de sus pupilos: Ernesto Zedillo. Sin embargo, todos los demás candidatos del todavía poderoso PRI habían sido ya definidos.
A Rosario Guerra la mandaron para ganar el distrito XXVII Federal, que entonces estaba en la combativa Coyoyacán. Salinas, ansioso por limpiar su nombre para la historia, había decidido organizar unas elecciones lo más limpias posibles. En Coyoacán, el PRD tenía una fuerte, fuertísima presencia y, por eso, los votos necesarios para ganar, la Guerra los salía a conseguir casa por casa, todos los días, todas las doce semanas que duró aquella campaña.
Rosario ganó. Lo que pasó después, es parte de la historia. Basta decir que Rosario fue la última diputada federal priista de Coyoacán y que su victoria fue limpia, a mi me consta.
Esa campaña, fue la primera en la que participé y la que marcó mi manera de entender no solo los procesos electorales, sino la vida: las cosas se consiguen trabajando. Fuerte. Mucho. Incansablemente. Trabajando.
Por eso, cuando México Posible perdió su registro en el 2003, resultó más doloroso que sorpresivo.
La derrota electoral de ese partido es harina de un costal especial. Harina de un costal lleno de mentiras, incongruencias y falacias mal contadas por sus protagonistas.
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